El autor: Biografía

[Texto: Francisco Trinidad]

Si hubiese de buscarse un punto de referencia para vertebrar la biografía de Armando Palacio Valdés -biografía, por otra parte, ajena a los grandes momentos y escasa en hechos significantes: exenta, pues, de peripecias y sobresaltos-, habría de ser necesariamente, y al margen de la fecha de publicación de sus novelas, el de sus cambios de residencia: Laviana, Avilés, Oviedo, Madrid; y una vez en Madrid, sus continuos viajes y su reencuentro, una y mil veces, con los lugares primigenios. Hay una especie de hálito errante que salpica las vivencias de Palacio Valdés, un retorno permanente, cíclico, que se traslada a sus obras y las impregna de un halo de ternura entre atávico y evocativo a un tiempo, historia y añoranza. Por eso sus recuerdos, más que destellos de la memoria y mucho más que zarpazos momentáneos al olvido, tienen casi siempre el sabor agridulce del retorno, esa afirmación permanente y sin reservas de la vida presente a través de las vivencias pasadas. Una simple ojeada a su Testamento literario, a La novela de un novelista, a la "Invocación" inicial de La aldea perdida o a cualquiera de los prólogos que antepuso a los distintos capítulos de sus Páginas escogidas bastará para confirmar esta impresión.

Fue la suya una vida apacible y cómoda, que dedicó a la redacción de sus obras y a saborear las mieles de un éxito popular y un reconocimiento general que le llegó pronto y que pudo disfrutar en plenitud durante años. "Los altos poderes celestiales -escribió, ya en su vejez, en el Testamento literario (1929)- han permitido que mis días se deslizasen tranquilos, sin posturas heroicas ni graves contradicciones", permitiéndole alcanzar su ideal personal: "Vivir tranquilo, leer mucho, escribir de cuando en cuando lo que cruzaba por mi imaginación, tales han sido mis aspiraciones durante casi toda mi vida".

Tan sólo algunos episodios familiares de especial pesadumbre, como veremos, vinieron a turbar este plácido devenir.